domingo, 9 de noviembre de 2008

TORNILLO


Cierta noche, a mitad de una fiesta y mientras narraba una historia increíble, un conocido reclamó,: "lo que a ti te pasa es que te falta un tornillo". Según lo que entendí, yo estaba loco por narrar -y creer- una historia por demás fantástica. En el momento sonreí, elaboré un aspaviento y una mueca y terminé mi relato. Inquieto, salí de ahí.
Ya en mi departamento y frente al espejo, mojé mi rostro, eché atrás mi pelo y me vi a los ojos: ¿es que de verdad estoy loco?
Quien sabe.
Puede ser.
Aquél tipo dijo que me faltaba un tornillo.
¡Bah!
Tonterías.
No hay de qué preocuparse.
Así me fui a la cama. Pero el sueño deparaba sorpresas: pesadillas. Negras, espesas y sucias pesadillas comprimían mi sueño, agitaban la respiración y después mantenían mis ojos tan abiertos como los de un búho. No voy a decir que desperté, porque ni siquiera pude dormir. Me levanté, floté hasta el baño y me puse frente al espejo; contemplé mi cara golpeada de ojeras lagañas y malos recuerdos, y así tuve que asearme. Más no fui a ninguna parte; a la mitad de un somero desayuno me asaltó la idea del tornillo faltante. ¿Pero será posible? Me pregunté, al tiempo que sorbía el café y forzaba el pan a través de los dientes y encías hinchadas de sopor y desvelo. Me tembló la mano y solté la taza: cayó sobre el plato, rebotó y se hizo pedazos en el suelo. Un gato maulló afuera y se me aceleró el pulso. Mi mano no deja de temblar. Ahora respiro agitadamente. Comienzo a creerlo; verdaderamente estoy loco y me falta un tornillo. Me siento un poco mareado y escucho ruidos que antes no percibía. Me levanto y camino despacio, calculando distancias y arrastrando los pies. Me detengo: se que debo hacer algo, corregir el problema. Entonces fijo mi atención en la caja de herramientas que duerme en la cómoda de la entrada. Respiro bien hondo, mi cerebro se oxigena y recobro el equilibrio. Atravieso el pasillo, alcanzo el mueble; lo abro y saco la caja de herramientas. Primero el taladro. Después el tornillo. Lo único que encuentro es uno de media pulgada. Supongo que esa es la medida apropiada. Voy a la sala, prendo la tele y me siento en el gran sofá, uno especialmente diseñado para ver tele. Conecto el taladro y coloco la broca adecuada. Posiciono el aparato horizontalmente, justo por encima de la oreja, sobre el hueso parietal, y comienzo a taladrar. La broca destaza piel y músculo y después toca el cráneo y lo rompe. Soy cuidadoso: una vez que se ha alcanzado el tejido cerebral, interrumpo la perforación. Hay mucha sangre pero es normal. Dejo caer el taladro y tomo el tornillo. Gira. Va penetrando lentamente en el cráneo y llega al cerebro. Detengo la penetración. Siento un cosquilleo en la planta de los pies y mi lengua tiembla. En la tele pasan un programa que acostumbro ver. Me siento bien pero creo que debo empujar un poco más el tornillo. Media vuelta, solo eso. Ahora me siento mejor. Poco a poco la locura va cediendo. Estoy riendo, el personaje que sale en televisión es muy chistoso. Giro el tornillo, entra un poco más. De verdad que me estoy curando. Afuera, ladran los perros, chilla el timbre y el teléfono no deja de sonar. No, no voy a hacer caso de nadie ni nada, estoy a mitad de una importante terapia y no puedo perder la concentración. Ahora el tornillo se mueve solo, entra cada vez más, llena ese hueco en medio del cerebro, va equilibrando sensaciones, deseos, recuerdos y pensamientos. Ha terminado la programación, la tele se apaga y yo estoy aqui, en mi sillón favorito, con un gran tornillo en mi cabeza, cuerdo, sangrante y contento.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hablas de la cordura como si fuera algo tan fácil de recuperar, pero, después de evaluar dónde vivimos ¿qué realmente es la cordura?
feliz san lunes, ja!

Chef Herrera dijo...

no es dónde vivimos, sino cómo vivimos.
Los únicos verdaderamente cuerdos son los zombies que manejan tu cuenta de banco, los que conducen el camión que te lleva al trabajo, los que te enseñan geometría y biología, aquellos que lavan tu ropa y los que sellan firman tu pasaporte licencia de manejar visa credencial de elector. Los demás somos unos pinches locos.

Unknown dijo...

Es extraodinario cono cer una criatura tan fantástica como tu. Gracias.
Quique.

Eduardo Ortiz dijo...

jajaja, este buen relato me recordó a Homero Simpson, cuando le sacaron un crayón del cerebro, que se había introdcido por la nariz cuando era niño.

Después de la operación Homero se volvió inteligente, respetuoso y de buenos modales; sin embargo muchas personas lo empezaron a detestar por ser tan perfecto.

Así que al final de cuentas Homero se hizo ensartar otro crayón para volverse un poco tonto, descarado, desinhibido, alegre, dicharachero y sin preocupaciones.

¿Será cierto que Mayor capacidad intelectual = Menor felicidad
y
Menor capacidad inelectual = Mayor felicidad?

***

Con respecto al relato me asalta una duda: ¿A poco hay músculos en la cabeza justo encima de las orejas? ¿Será cuero cabelludo?

«Posiciono el aparato horizontalmente, justo por encima de la oreja, sobre el hueso parietal, y comienzo a taladrar. La broca destaza piel y músculo y después toca el cráneo y lo rompe».

***

PD: El sábado me lanzo a comprar los ingredientes para la receta de la CARNE CON CHILE Y NOPALES, se ve que está de rechupete. ¡Hasta al cabrón de Bob esponja se le saltan los ojitos!!

Chef Herrera dijo...

El taladro perfora el músculo temporal. Pude haber cometido un lamentable error de anatomía: el hueso que debió mencionarse fue el Temporal, no el Parietal. En cualquier caso, el resultado sería fundamentalmente el mismo. Empero, no es de extrañar: reprobé dos veces anatomía en la facultad.
Y en cuanto a Roberto Esponja, confieso que es mi pinche de cocina. Converso con él mientras, llorando, rebano cebollas. Por cierto; está lleno de ajos y echalotes.

Unknown dijo...

DE TUS MEJORES ESCRITOS ADRIAN
SALUDOS

Anónimo dijo...

O.K. No lo había leído. ME DAS MIEDO!!!!! De ese que te despierta a la realidad. MUY BUENO. Avientate otro así.