Mostrando entradas con la etiqueta alucinación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alucinación. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2009

EX VOTO


Se me está derritiendo el apéndice.
Todo comenzó con un dolor intenso que se agudizó hasta transformarse en un suplicio. Justamente cuando requería urgente inmediata atención médica quirúrgica, una gárgola milagrosa se apareció ante mí; envuelta en un halo místico balbuceó algo en un idioma desaparecido y se fue. Entonces el dolor desapareció. Después sentí un cosquilleo curioso hacia la derecha y por debajo del ombligo, seguido de una flatulencia potente y ruidosa. A la mañana siguiente acudí al retrete; al terminar la evacuación me asomé y noté que había defecado el apéndice; flotaba en el agua, amoratado, como un gusanillo herido, parcialmente disuelto.

Doy gracias a Dios y a su mensajero por este milagro concedido.

jueves, 16 de abril de 2009

PLAGA


Hay un crucifijo reptando por el suelo. Se arrastra y hace ruidos. Le di alcance y le puse el pie encima. Apreté y roté el zapato hasta que escuché una serie de tronidos, como cuando apachurras una cucaracha. Un líquido amarillento salió expelido a gran velocidad, seguido de un grito espantoso.

Un pequeñísimo ser humano sale por debajo de las tablillas cruzadas, se arrastra, está mal herido. Pero yo no pienso jugármela: en un recipiente mezclo gasolina con aceite, lo vierto sobre el hombrecillo que repta a través de los mosaicos de la cocina e intenta escapar, le arrojo un fósforo encendido y contemplo cómo se consume en una gran llama de colores, dejando una estela de humo maloliente y negro. Mientras se retuerce, sus gritos quedan apagados por el humo y el calor intenso. Observo cómo se consume por completo, hasta que solo queda un montoncito de cenizas.

Cuando la plaga parece quedar controlada, un sonido crispa mi piel: más crucifijos bajan por las paredes.

Invaden la casa.


miércoles, 21 de enero de 2009

PLÁTANO

Retiré la cáscara de un plátano: un gusano gigante se retuerce y abre su boca húmeda de viscosidad y con dientes puntiagudos espera arrancarme un trozo de labio lengua cachete.

martes, 16 de diciembre de 2008

TELEVISIÓN

La encendí. Algo está pasando ahí dentro. Supongo que lo de todos los días. Solo dejo que ocurra y me entrego, sin condiciones. Qué me importa lo que transmitan: noticias programas anuncios telenovelas el clima caricaturas o la serie de acción, para mí todo es igual: una pantalla con sonidos e imágenes que cambian de color e intensidad y cuyo significado no me interesa. Después de un par de horas de esta terapia estúpida de figuras histéricas pegando de gritos, me harté. Creo haber tenido suficiente. Abrí el cajón de la mesita de cama, saqué un revolver y le disparé al televisor. La pantalla estalló liberando millares de diminutos vidrios, esparciéndolos por la atmósfera de la habitación. Lenguetas electrificadas siguieron al estallido, deshilándose, impactándose contra techo y paredes y dejando un pequeño punto quemado en el sitio de contacto. El ambiente tiene un aroma a electricidad y huele a quemado. Entonces, comenzó: una sustancia viscosa y plasmática sale de la pantalla y se vierte sobre la alfombra. Es iridescente y cambia constantemente de color. La masa avanza lentamente, ebulle: espículas se alzan y liberan pequeñas burbujas de gas nocivo mientras la estructura toda es impulsada por una corriente eléctrica en un movimiento ondulatorio y rítmico. Invade la habitación. Se desliza entre las patas de la mesita la silla la cama, se enrosca en ellas y sube. Lentamente. La sustancia hierve, eyecta fosfenos y la atmósfera resplandece. Alcanza el borde de la cama y disuelve la sábana. Me repliego. Respiro el gas, comienzo a entumirme, mis músculos se tensan y las articulaciones endurecen. Estoy mareado, toso, me duelen los pulmones, no hay forma de escapar. La masa está a punto de alcanzarme. Ya sube por la cama. Meto el cañón de la pistola en mi boca y mientras siento el cosquilleo de aquella sustancia tocando los dedos de mis pies jalo el gatillo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

GLÓBULO ROJO

Hay un eritrocito durmiendo en mi cama. No lo creería usted pero ¡es enorme! Como del tamaño de una pelota de futból, incluso un poco más grande. Ya sabe usted como son: redondos, rechonchos y apachurrados en el centro. Parecen donas que no alcanzaron a formarse. La cosa es que aquella célula reposa en mi cama, sobre la almohada. Se mueve un poco. Como que quiere acomodarse, pero le cuesta trabajo. Encendí mi linterna de mano y la acerqué a su superficie: la piel es translúcida y muestra un líquido rojo intenso. Dentro hay corrientes que transportan materiales protéicos y minerales.

Es fascinante.

Pasé horas viéndolo.

Después de un rato, me aburrí.

Ahora estoy que me caigo de sueño y no se qué hacer, pues por más que le grito, le digo que se vaya, sarandeo la cama y estiro las sábanas, no se mueve. Apenas reacciona.

Lo siento pero no puedo dormir junto a un eritrocito gigante, no estoy preparado para eso.

Entonces tomé un picahielos y lo ponché.

Estalló.

La sangre está por todas partes, se está coagulando.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

ABDÓMEN

Desperté con un curioso hormigueo a un lado de mi abdómen. Me tallé los ojos e intenté levantarme pero no pude. Siento un dolor extraño alrededor del hígado, por encima de los riñones. Enderezo el cuello y observo los dedos de los pies, al menos puedo moverlos. Pero al intentar girar el torso los músculos no responden y el dolor se intensifica. El hormigueo sobre la piel continúa. Tomo la taza de café frío que está sobre la mesita y lo bebo; sabe horrible pero tiene azúcar. Afuera está lloviendo, el día opaco y frío y no se escucha nada más que el golpeteo del agua sobre las láminas de la cochera y el viento sacudiendo los árboles de la entrada. Estiro el brazo y alcanzo con dificultad la lámpara y la enciendo. No soporto el hormigueo, la sensación es desesperante. Giro la cabeza, abro el cajón de la mesita y saco un pequeño espejo. Lo coloco a un costado de mi abdómen, inclino la vista y entonces lo veo: un pequeño agujero, con los bordes secos y descoloridos y la carne roída delimita un oscuro canal. Una procesión de hormigas entran y salen; sacan diminutos pedazos de mi cuerpo.

viernes, 28 de noviembre de 2008

NO ME PUEDO QUITAR LA CAMISA

Llegué del trabajo. Mi uniforme es un asco. Está manchado, lleno de grasa y huele a comida. Soy cocinero, sabes. Uso una camisa debajo de la filipina. Al llegar lo primero que hago es deshacerme de la filipina; la arrojo al cesto de la ropa sucia, me quito los zapatos y me preparo un esocés en las rocas. Al rato vuelan los pantalones por la recámara, me arrojo sobre la cama y prendo la tele. Pasan cualquier cosa, lo que sea. Veo las imágenes pero no escucho lo que dicen ni pongo atención a los anuncios. Estoy relajado, bebiendo, contento y ciertamente despreocupado. ¿Hace calor? Si, un poco. Abro la ventana. Corre una brisa cálida, muy agradable, pero caliente. Después de una hora sigue entrando el viento, igual de caliente y molesto. La televisión sigue mostrando cualquier cosa. Tengo calor. Me quito los calcetines y me sirvo otro escocés, pero con más hielo. Mucho hielo. Ahora estoy sudando. No tengo aire acondicionado y el ventilador no funciona. Me voy a quitar la camisa. Jalo desde abajo, con la intención de sacarla de un único y grácil movimiento, pero algo repentino interrumpe mi esfuerzo: estiro hacia arriba y la tela se detiene bruscamente. Siento un dolor intenso en la piel, grito, suelto la camisa y me llevo una mano a la boca y, mordiendo parte del puño, contengo mis gritos. La camisa se está pegando a la piel. La brisa sigue entrando por la ventana, calentando la atmósfera de la recámara. Tengo más calor que antes y estoy sudando como un africano. Prendo la lamparita de noche y apunto su luz hacia mi abdómen: el sitio donde intenté arrancar la camisa está enrojecido, inflamado. Llevo la mano hacia la espalda y tiro de la tela, pero el resultado es el mismo. Algún proceso exótico se está dando entre mi piel y la chingada camisa y no lo entiendo. El caso es que por más que intento quitármela, no puedo. Y entre más jalo, tiro y estiro, lo único que logro es martirizarme, pues la camisa está practicamente pegada a la piel y con cada estirón el dolor es indescriptible. Los vellos se entretejen con las fibras de la tela y pronto puedo sentir que la camisa ya ha transmutado en otra cosa y ha dejado de ser lo que era; al tacto se siente denso, resbaloso y con cierta fibrosidad propia de los chalecos antibalas y la piel de un ornitorrinco. Aumenta la temperatura. Estoy tan acalorado y me deshidrato. Muerdo con tal fuerza los hielos que quedan en el old fashioned que golpeo con los dientes el borde del vaso, lo rompo y mastico un poco de vidrio. Tengo horriblemente cortado el labio y parte de la lengua. Me sangra la boca y el alcohol me quema. Corro al baño me inclino sobre el lavamanos y abro el grifo; el agua sale a borbotones, la bebo frenéticamente cuando siento que la camisa me aprieta. Vellos y fibras se entrelazan, retuercen y comprimen pecho y abdómen. Respiro con dificultad. Escupo saliva con sangre, abro la boca lo mas que puedo, levanto los brazos y respiro hondo, después mis respiraciones son breves y rápidas. El agua sale furiosa. Me volteo, estoy mareado. Me apoyo con el dintel, levanto el rostro y camino despacio hasta la cama; me acuesto boca arriba e intento calmarme. Mi respiracón es intensa y me duele todo. El esfuerzo ha tensado todos los músculos del cuerpo y aunque quiero gritar no puedo pues la compresión en el tórax lo impide. Qué está ocurriendo no lo se. Quizá el calor comenzó a disolver la grasa de la piel, y esta se mezcló con el sudor, el colorante de la camisa y los químicos impregnados en ella, creando un polímero indestructible, flexible y resistente a la corrosión. Esta reacción está generando calor, tremendas e insoportables cantidades de calor. Siento que me quemo y no puedo respirar. Giro, caigo al suelo y, reptando, regreso al cuarto de baño. Alcanzo el retrete, desconecto el tubo de alimentación de agua y comienzo a mojarme, pero el agua causa una reacción química insospechada y adversa: la fusión de la piel con la camisa genera un gas tóxico que aumenta la temperatura y me hace toser violentamente. Salgo de ahí, supurando sustancias perniciosas, envuelto en dolor, ardiendo en fiebre y con mi tórax y parte de mi abdómen recubiertos por una extraña sustancia fibrosa y protéica. Se me hinchan los ojos, manos y pies desarrollan edemas tremendos, casi no puedo escuchar y estoy perdiendo visión. Atravieso la habitación, el ejercicio es extenuante, el dolor intenso y estoy a punto de perder el conocimiento. No puedo mas, debo detener esto, ahora: me arrastro hacia la cocina, abro la puerta del horno y giro la perilla del gas. Me enrosco, metiendo cuanto de mí se puede en aquel espacio y enciendo la hornilla.

viernes, 21 de noviembre de 2008

DÍAS

Hay días en que no tengo nada que hacer decir escribir; permanezco en silencio, con la hoja en blanco frente a mí y la pluma en la mano. De repente me pica la lengua y siento un cosquilleo en la punta de los dedos, como que quiero decir algo pero no me sale; pienso que a veces basta con hacer un garabato sobre el papel, o murmurar algo, lo que sea, en espera de que las palabras salgan, vaguen y se mezclen con otras palabras, ruidos, destellos, gritos, y regresen a mí, cargadas de novedad, historias, momentos increíbles, curiosos, pero nada ocurre, y entonces me invade la frustración: grito, rompo un lápiz, una ventana, me corto las arterias del cuello, caigo al suelo y me desangro, buitres descienden sobre mí, comienzan a desgarrar mi piel, perros salvajes me devoran, las hormigas terminan con mi cuerpo y entonces me elevo y en mi resurrección pienso en palabras imágenes ruidos pero todo es oscuridad y silencio.

lunes, 17 de noviembre de 2008

AGUACATE

Saqué un aguacate maduro del refrigerador, y con un cuchillo delgado y filoso lo rajé. Al separar las mitades vi, en el centro de la pulpa suave y verdosa, un feto encogido, con sus piernitas replegadas, una mano tocándose el pecho y con la otra un dedo en la boca. Giró la cabeza, me observó, volvió a acomodarse, su corazón dejó de latir y a los pocos minutos murió.

BÚSQUEDA

No tengo manos. Hace tiempo las perdí: abriendo una puerta, cambiando un neumático o limpiándome el trasero en algún baño público, no recuerdo. Por ahí deben de andar. Solo espero no se hayan separado. Le ruego que si las ve, haga lo posible por atraparlas; métalas en una bolsa o caja y tráigamelas. Me hacen tanta falta.

jueves, 13 de noviembre de 2008

ME ESTOY MORDIENDO LA LENGUA

Me estoy mordiendo la lengua. Desperté sudando las manos me tiemblan pequeños objetos vuelan a mi alrededor son ojos son ojos que me observan, ven cosas que yo no puedo ver, se cierran, la luz se comprime se oscurece todo, después se transforman en orejas succionan todo el sonido, el silencio obstruye los ruidos y las orejas vuelan chocan entre sí y al hacerlo desparecen en un fuego brevísimo que inflama la atmósfera expandiendo la humedad generando burbujas llenas de gritos lamentos palabras inconexas listas para eclosionar y convertirse en frases premisas paradojas profecías. Me estoy mordiendo la lengua, despacio, con fuerza, la mastico y los tejidos comienzan a destruirse; primero el dolor, intenso, inflama la boca; pasa, hay tumefacción después anestesia; más tarde una migraña intensa envuelve mi cráneo, me impulso corro destruyo mi dentadura contra la pared, trituro mis propios dientes se forma una pasta con los músculos, arterias y nervios de la lengua; de pronto, mi rostro se detiene: en el suelo, palabras muertas bañadas en sangre yacen silenciosas.

domingo, 9 de noviembre de 2008

TORNILLO


Cierta noche, a mitad de una fiesta y mientras narraba una historia increíble, un conocido reclamó,: "lo que a ti te pasa es que te falta un tornillo". Según lo que entendí, yo estaba loco por narrar -y creer- una historia por demás fantástica. En el momento sonreí, elaboré un aspaviento y una mueca y terminé mi relato. Inquieto, salí de ahí.
Ya en mi departamento y frente al espejo, mojé mi rostro, eché atrás mi pelo y me vi a los ojos: ¿es que de verdad estoy loco?
Quien sabe.
Puede ser.
Aquél tipo dijo que me faltaba un tornillo.
¡Bah!
Tonterías.
No hay de qué preocuparse.
Así me fui a la cama. Pero el sueño deparaba sorpresas: pesadillas. Negras, espesas y sucias pesadillas comprimían mi sueño, agitaban la respiración y después mantenían mis ojos tan abiertos como los de un búho. No voy a decir que desperté, porque ni siquiera pude dormir. Me levanté, floté hasta el baño y me puse frente al espejo; contemplé mi cara golpeada de ojeras lagañas y malos recuerdos, y así tuve que asearme. Más no fui a ninguna parte; a la mitad de un somero desayuno me asaltó la idea del tornillo faltante. ¿Pero será posible? Me pregunté, al tiempo que sorbía el café y forzaba el pan a través de los dientes y encías hinchadas de sopor y desvelo. Me tembló la mano y solté la taza: cayó sobre el plato, rebotó y se hizo pedazos en el suelo. Un gato maulló afuera y se me aceleró el pulso. Mi mano no deja de temblar. Ahora respiro agitadamente. Comienzo a creerlo; verdaderamente estoy loco y me falta un tornillo. Me siento un poco mareado y escucho ruidos que antes no percibía. Me levanto y camino despacio, calculando distancias y arrastrando los pies. Me detengo: se que debo hacer algo, corregir el problema. Entonces fijo mi atención en la caja de herramientas que duerme en la cómoda de la entrada. Respiro bien hondo, mi cerebro se oxigena y recobro el equilibrio. Atravieso el pasillo, alcanzo el mueble; lo abro y saco la caja de herramientas. Primero el taladro. Después el tornillo. Lo único que encuentro es uno de media pulgada. Supongo que esa es la medida apropiada. Voy a la sala, prendo la tele y me siento en el gran sofá, uno especialmente diseñado para ver tele. Conecto el taladro y coloco la broca adecuada. Posiciono el aparato horizontalmente, justo por encima de la oreja, sobre el hueso parietal, y comienzo a taladrar. La broca destaza piel y músculo y después toca el cráneo y lo rompe. Soy cuidadoso: una vez que se ha alcanzado el tejido cerebral, interrumpo la perforación. Hay mucha sangre pero es normal. Dejo caer el taladro y tomo el tornillo. Gira. Va penetrando lentamente en el cráneo y llega al cerebro. Detengo la penetración. Siento un cosquilleo en la planta de los pies y mi lengua tiembla. En la tele pasan un programa que acostumbro ver. Me siento bien pero creo que debo empujar un poco más el tornillo. Media vuelta, solo eso. Ahora me siento mejor. Poco a poco la locura va cediendo. Estoy riendo, el personaje que sale en televisión es muy chistoso. Giro el tornillo, entra un poco más. De verdad que me estoy curando. Afuera, ladran los perros, chilla el timbre y el teléfono no deja de sonar. No, no voy a hacer caso de nadie ni nada, estoy a mitad de una importante terapia y no puedo perder la concentración. Ahora el tornillo se mueve solo, entra cada vez más, llena ese hueco en medio del cerebro, va equilibrando sensaciones, deseos, recuerdos y pensamientos. Ha terminado la programación, la tele se apaga y yo estoy aqui, en mi sillón favorito, con un gran tornillo en mi cabeza, cuerdo, sangrante y contento.

viernes, 24 de octubre de 2008

BANQUETE

En medio de aquella función llegó la nave espacial; se apoderó del teatro, adormeció a los asistentes con gas, implantaron minúsculos artefactos de microondas en sus páncreas y se fueron. La gente despertó, preguntaron qué había pasado y entonces salieron. Una vez en la calle, comenzaron a subirse a sus autos y taxis, y entonces ocurrió. El aparato implantado en sus cuerpos fue activado desde la nave espacial y la gente comenzó a deshidratarse. Los líquidos dentro de las células hierven escapan. La gente cae, se hinca, el vapor sale por los poros y los vellos se queman. La piel comienza a confitarse, la grasa se derrite, los músculos se repliegan reducen estallan los ojos, se caen el pelo y las uñas, una extraña y densa sustancia sale por la boca el ano los oídos; los cuerpos se secan retuercen y envueltos en vapor, se cocinan. Al final, queda la calle repleta de cuerpos con la carne suave y jugosa, la piel crujiente y dulce. Escuche: ya se acercan. Festín de perros.

viernes, 3 de octubre de 2008

OJO

Se me está derritiendo un ojo. Hace un tiempo el nervio óptico comenzó a irritarse y envió mensajes erráticos a los músculos que controlan el globo ocular. El ojo comenzó a brincarme. Es un tic, me dijo un vecino, pero después de unos días el brincoteo se tornó violento y tuve que ponerme un parche, pues comencé a perder el equilibrio. Después llegaron los dolores de cabeza. Terribles. Insoportables. Tomé analgésicos leves, después recurrí a cosas más potentes, hasta que tuve que conseguir sustancias depresoras en el mercado negro. Empero, los dolores siguieron. Hace poco me quité el parche. Veía borroso. Las imágenes aparecían como una composición de sobresaltos y pinceladas torpes, combinadas con sonidos ondulantes que chocaban en mi oído en ecos retardados. Después perdí completamente la visión. Sencillamente no pasaban ya destellos o estímulos de ninguna especie. Parecía como si el nervio hubiera necrosado. El ojo ya no se mueve. Pierde forma. Palpita. Un líquido oscuro supura. Minúsculas vacuolas llenas de gas se forman en su interior y viajan a la superficie; eclosionan, liberando el gas que arde al contacto con el oxígeno atmosférico, creando brevísimias volutillas incandescentes. La grasa de los tejidos se licuifica. La órbita se deshace. Una masa gelatinosa escurre por mi rostro: entreteje sangre, grasa con gas, humor linfático y músculo en estado líquido. Pronto el hueso pierde consistencia, se estira y mezcla con el escurrimiento.

No soporto el dolor.

Me siento frente a un espejo y me observo.

domingo, 14 de septiembre de 2008

LENGUA

Se me está desbaratando la lengua. A medida que hablo se va rompiendo en trozos. Los siento entre los dientes, me da asco y los escupo. Caen al suelo se mezclan con el polvo la tierra sangre y saliva. Se contraen. Se estiran. Retuercen. Chillan. Se reagrupan y forman una cosa que asemeja una lengua, pero no lo es. Empero, habla. En un idioma desconocido y arcaico repite incesantemente una frase: una maldición ancestral. Algo sobre el fin del mundo y los pecadores. No para de gritarlo y me asusta. De inmediato la pisoteo, le echo gasolina y le prendo fuego. Parece que se murió. Ya no puedo escucharla y no se mueve.

sábado, 13 de septiembre de 2008

FRAGMENTACIÓN

Salgo de casa piso la calle todo comienza a deformarse. La calle faroles casas carros y árboles se tuercen aflojan y rompen. Me transformo en gritos el aire se desbarata en luces ruidos cosas gente que se fragmenta se esparce.

Todo está hecho pedazos, mi cuerpo flota lento, silencioso.

viernes, 12 de septiembre de 2008

MANOS

Tengo que estar lavándome las manos constantemente. Secreto una sustancia nociva, ácida. Una especie extraña de larva amazónica anidó por debajo de la piel de mis manos, se reprodujo y transformó en cadena de glándulas epidérmicas interconectadas que producen y eyectan un bálsamo exótico nunca antes descrito. Con solo contraer los músculos, ocurre la eyección. Al contacto con otras personas, se suscitan accidentes; la gente se enferma, el color de su piel cambia y su sangre termina infectada con ponzoña desconocida y sin antídoto. Si toco el pelo, se cae. Si saludo a alguien desde la distancia, esa persona sufre convulsiones, entra en coma y muere. Si toco metal, se corrompe en óxidos malignos. Si froto los genitales, recibo de inmediato afección venérea.
Diseñé guantes especiales de asbesto, fibra de carbón, nopal deshidratado y bióxido de titanio, pero la secreción traspasó el entramado molecular de aquella protección y la infección se diseminó por el ambiente. La gente tose, se contrae y envejece cuando pasa a mi lado. Además, pierde la audición y comienza a hablar en lenguas arcáicas. Quienes los observan se tapan la boca, los ojos, y regresan a casa y ahí terminan postrados en un camastro sucio donde, en cuestión de horas, terminan convertidos en polvo. La secreción de mis manos modifica la atmósfera, expande sus gases y los trastorna. Crea a su alrededor un halo de gasificación que enferma y disuelve todo lo que toca.
De nada sirve lavarme las manos; el compuesto disuelto en el agua rompe las tuberías y corrompe el subsuelo.
No se qué hacer.
La única opción es cortarme las manos. Es por el bien de todos. Lamento tener que hacer esto. Lo haré esta misma noche.

jueves, 4 de septiembre de 2008

IMPLANTE

FUI a ver a un doctor con los ojos rasgados y practicó una importante operación en mí: implantó un órgano homeopático en mi abdómen. Su función es capturar venenos y toxinas y guardarlos. Envenena al cuerpo de manera discreta pero constante. De esta manera, dosifica la ponzoña y prepara a los tejidos y órganos contra envenenamientos y enfermedades varias, prolongando así la vida de manera indefinida.

lunes, 25 de agosto de 2008

SANGRE

Se me está enegreciendo la sangre. Lo noté el día que me corté un dedo. El color era cobrizo y la textura pegajosa. La herida cicatrizó pero ha dejado una abertura cubierta por una capa mucilaginosa, translúcida y palpitante. Cuando me sube la presión la membrana se distiende y sangra. Anoche. la sangre que salió fue marrón oscuro, densa y con un aroma metálico. Cayó al suelo, casi seca, y se fragmentó como un terrón. Tengo la presión muy alta y apenas puedo respirar.